Son
célebres los litigios que en los siglos XVI y XVII entablaron
contra la Abadía de Párraces por casi todo, pero más conocido
todavía es su pleito al Sol.
Los coberonchos
se dedicaban en su mayoría a la fabricación de paño castellano y
para ello tenían que viajar continuamente a Segovia a lavar la
lana, ya que allí se encontraban los lavaderos más importantes de
la zona. Solían salir en carretas de madrugada y volvían al
atardecer. El sol les daba de cara tanto a la ida como a la
vuelta, por lo que, ante tamaña molestia, decidieron querellarse
contra él.
No tuvieron
suerte. El juez falló a favor del Sol, que llevaba más tiempo
saliendo por la mañana que los de Cobos haciendo sus viajes a
Segovia. Eso sí, el magistrado les indicó que para solucionar el
problema debían viajar en sentido contrario, salir al atardecer y
regresar al amanecer.
La fe en la
justicia de estos castellanos era tan exacerbada que en 1650,
después de que durante tres años una plaga de langostas arruinase
las cosechas, y de que el recurso a las hogueras y los exorcismos
no dieran el fruto apetecido, los coberonchos decidieron recurrir
a su arma letal máxima: poner un pleito.
Se exigía la
excomunión de las langostas y se las conminaba a abandonar la zona
en 24 horas. El tribunal les dio la razón, pero las langostas no
sabían leer y la justicia no supo ejecutar la sentencia, de modo
que la plaga terminó de forma natural.
La historia
viene a cuento por la extrema litigiosidad de los españoles.
Continuamente estamos de pleitos entre nosotros o contra la
Administración. En la apertura del año judicial de 2009, el
presidente del Supremo y del Consejo del Poder Judicial, Carlos
Dívar, explicó que la Sala de lo Contencioso tenía bloqueados
fondos por importe de más de 6.000 millones de euros en litigios
pendientes, que ya entonces afectaban a la economía nacional, y
que seguro que a estas alturas serán más, porque nadie se ha
apuntado la medalla de haberlos rebajado y cada vez que preguntas
por ellos, el interlocutor o no responde o se mira los zapatos y
musita quedo: "Manzanas traigo".
Como ni las
plagas duran mil años, finalmente, parece que este asunto de los
millones congelados está en vías de solución. Aunque con año y
medio de retraso, Dívar anunció un refuerzo de 19 magistrados y
nueve letrados en la plantilla del gabinete técnico del Supremo;
es decir, mano de obra no barata, pero sí más barata que los
magistrados del alto tribunal, para paliar el problema.
Pero como no
parecía suficiente, ahora se ha reunido con Zapatero y con Rajoy
para pedirles que tramiten con urgencia las reformas legales para
la agilización de la justicia que, según él, solucionaría
definitivamente el problema y permitiría celebrar el año que viene
por todo lo alto el bicentenario del Supremo.
La agilización
no es otra cosa que reducir drásticamente la posibilidad de que
los ciudadanos que hayan perdido un pleito puedan recurrir al
Supremo, a base de endurecer las condiciones para poder hacerlo.
Como la dicha
dura poco y rara vez es completa, el Consejo General de la
Abogacía ha criticado duramente la medida porque "restringe,
reduce y hasta anula en algunos casos el derecho de defensa y
merma derechos fundamentales de los ciudadanos". Su presidente,
Carlos Carnicer, ha señalado que la eliminación de los recursos
"perjudica a los ciudadanos, limita el derecho de defensa y merma
la tutela judicial efectiva".
El Poder
Judicial alega para justificar la medida que el 85% de las
sentencias dictadas en la primera instancia se confirma en el
Supremo. No es eso lo preocupante, sino las 15 resoluciones de
cada 100 que son revocadas por incorrectas. ¿Qué pasa con esos
ciudadanos? Pues supongo que tendrán menos confianza en la
justicia que los de Cobos, y deberán resignarse.
Sea como sea,
está claro que la reducción de los recursos servirá para aliviar
al Supremo, pero no para acabar con la infinita congestión en
muchos juzgados y tribunales que están señalando los juicios para
dentro de tres y cuatro años.
Como decía
Serrat: "Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio".
